Pepín Corripio le ganó a la vieja oligarquía

La renovación de las élites económicas dominicanas evidencia el desplazamiento de familias tradicionales como los Pellerano.

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Victor Manuel Grimaldi Céspedes.

Victor Manuel Grimaldi Céspedes.

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Santo Domingo.– En noviembre de 1975 un titular del vespertino Última Hora como noticia principal de portada indicaba un tiempo en el cual en la República Dominicana las palabras no eran meros instrumentos descriptivos, sino auténticos veredictos sociales.

Decir "comerciante" en 1975 no era simplemente señalar una actividad económica; era, en muchos círculos de la élite, ubicar a una persona en un escalón inferior dentro de la pirámide del poder.

El lenguaje funcionaba como una aduana invisible que separaba a los "empresarios" consagrados de los actores emergentes del mercado.

En ese orden simbólico de mediados de los años setenta, el título de "empresario" estaba reservado para un núcleo muy específico de apellidos que representaban la continuidad del poder económico estructural dominicano: Pellerano, Ricart, Ginebra, Cámpora, Vicini, Pichardo.

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Aquellos nombres no designaban solo fortunas privadas; encarnaban la tradición industrial, azucarera, financiera y mediática que había sobrevivido a la caída del trujillismo y se proyectaba como columna vertebral de la economía nacional.

Eran, en el imaginario colectivo de la élite, los verdaderos dueños del aparato productivo y del prestigio empresarial.

En contraste, el término "comerciante" remitía a otra dimensión: la del intercambio, la distribución, la expansión progresiva basada en el mercado más que en la herencia estructural de capital.

    Se trataba de un calificativo respetable, pero que no confería automáticamente el reconocimiento social que la vieja oligarquía reservaba celosamente para sí misma.

    El comerciante podía prosperar, podía crecer, podía acumular riqueza, pero aún no pertenecía al club restringido de los grandes empresarios del país.

    El lenguaje social y la prensa en la República Dominicana de los años setenta

    Ese lenguaje social se reflejaba con claridad en la prensa de la época. Cuando en los años setenta se produjo el secuestro de José Luis Corripio Estrada, los titulares hablaban del "comerciante Corripio".

    La expresión no era casual ni inocente. Provenía de medios vinculados a sectores tradicionales del poder económico y mediático, entre ellos la familia Pellerano, propietaria entonces de Última Hora y del Listín Diario.

    Nombrar así a Corripio era, en el fondo, una manera de fijar su lugar en la jerarquía: un hombre exitoso, sí, pero aún percibido como ajeno al linaje empresarial clásico que dominaba la economía dominicana.

    En 1975, esa percepción correspondía a una realidad sociológica concreta. El Grupo Corripio iniciaba el proceso de expansión desde el comercio hacia la diversificación empresarial, pero todavía no había consolidado la presencia estructural que más tarde lo convertiría en uno de los conglomerados más influyentes del país.

    La aristocracia económica tradicional observaba ese crecimiento con una mezcla de reconocimiento y reserva, consciente de que el dinamismo comercial podía transformarse, con el tiempo, en poder empresarial pleno.

    Movilidad y transformación de las élites económicas dominicanas

    La historia dominicana, sin embargo, es también la historia de la movilidad dentro de sus élites.

    Las categorías sociales no son eternas: cambian a medida que se transforma la estructura productiva, se diversifican los mercados y se reconfiguran los centros de influencia.

    Lo que en los años setenta era considerado comercio, con el paso de las décadas se convirtió en industria, medios de comunicación, inversión diversificada y liderazgo empresarial moderno.

    Ese proceso se revela con especial nitidez en la evolución del Grupo Corripio.

    Desde el comercio inicial hasta la consolidación en la industria ligera, la distribución y, sobre todo, en los medios de comunicación, el grupo encarnó el tránsito de un modelo económico centrado en las familias tradicionales hacia un empresariado más dinámico, vinculado al consumo de masas, la publicidad y la modernización del mercado interno.

    Fue un ascenso silencioso, pero constante, que alteró profundamente la correlación de fuerzas dentro del mundo empresarial dominicano.

    La ironía histórica se hace evidente al observar el presente. Hoy, José Luis Corripio Estrada, conocido como Pepín, es propietario mayoritario del Listín Diario, el mismo periódico que en los años setenta representaba la voz de una élite que lo consideraba simplemente "comerciante".

    La inversión simbólica es total: el actor emergente terminó ocupando el espacio mediático que había servido de tribuna al poder tradicional. No se trata solo de un cambio accionarial; es la señal visible de la renovación de las élites económicas dominicanas.

    Mientras tanto, la familia Pellerano, otrora epicentro del poder mediático y financiero, ha desaparecido del primer plano de la estructura económica nacional.

    Este desplazamiento no implica necesariamente la ruina personal de una familia, sino el ocaso de un modelo histórico de acumulación y de influencia. Muchas oligarquías latinoamericanas han experimentado procesos semejantes: su centralidad se diluye cuando las transformaciones del mercado, la globalización y la diversificación productiva exigen nuevas formas de liderazgo económico.

    Así, la palabra que en 1975 funcionaba como un límite social —"comerciante"— terminó siendo, en retrospectiva, el punto de partida de una de las trayectorias empresariales más significativas del país. La historia corrigió el lenguaje de la élite.

    Aquel calificativo que marcaba distancia se convirtió, con el paso del tiempo, en la antesala de una consolidación empresarial que redefinió el mapa del poder económico dominicano.

    Este fenómeno ilustra una verdad más amplia: las élites no son estructuras inmóviles. Se renuevan, se desplazan o desaparecen según su capacidad de adaptación a los cambios históricos.

    En la República Dominicana, la transición del poder económico desde las familias tradicionales hacia conglomerados surgidos del comercio y la diversificación moderna constituye uno de los procesos más relevantes de la segunda mitad del siglo XX y comienzos del XXI.

    La trayectoria de Pepín Corripio simboliza, por tanto, algo más que el éxito individual de un empresario. Representa el ascenso de una nueva forma de poder económico, menos ligada a la herencia oligárquica y más asociada a la expansión del mercado y a la modernización del país. Al mismo tiempo, refleja el declive relativo de una élite que, durante décadas, había monopolizado el reconocimiento empresarial y la influencia mediática.

    En definitiva, la historia dominicana reciente demuestra que las palabras con que una sociedad clasifica a sus actores económicos pueden ser desmentidas por el tiempo.

    Lo que en 1975 se dijo como categoría social terminó siendo desbordado por la dinámica de la realidad.

    El "comerciante" de ayer es hoy uno de los empresarios emblemáticos de la nación, mientras que los apellidos que entonces definían la cúspide del poder económico han cedido su protagonismo en la compleja rotación de las élites que caracteriza a toda sociedad viva y en transformación.

    Victor Grimaldi Céspedes

    Victor Grimaldi Céspedes

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